Mié. Ago 10th, 2022
Un espacio para mujeres migrantes dedicado al cuidado: “En mi país soy abogada y aquí solo puedo limpiar los baños”

La energía de Alexa fluye a través del teléfono. Después de cinco años de luchas, obtuvo un permiso de residencia y trabajo. Llegó a España procedente de Colombia para pedir protección internacional. La periodista recibió amenazas de muerte de organizaciones narcoparamilitares cuando trabajaba en el Consejo Superior por la Paz, Víctimas y Reconciliación en Bogotá, creado para asesorar a bandas organizadas fugitivas que han delinquido en los barrios del país. A pesar de la persecución que sufrió por su activismo por la paz, su solicitud de asilo fue rechazada por falta de pruebas suficientes que acreditaran el peligro que corría en su país de origen. El limbo administrativo en el que cayó la llevó a trabajar en condiciones precarias como empleada doméstica. «No me sentía como nadie», dice.

Ahora vive en Gran Canaria y busca un espacio en el que compartir y empoderarse con otras mujeres migrantes dedicadas al cuidado. El Archipiélago ha sido siempre una puerta de entrada a Europa para muchas personas que se desplazan desde otros continentes como África o América Latina. Sin embargo, y aunque la asistencia ha sido uno de los sectores en los que más mujeres migrantes se han visto obligadas, recién ahora las Islas han comenzado a dar los primeros pasos para generar espacios seguros, de acompañamiento y diálogo para las trabajadoras del hogar.

Natalia Oldano es pedagoga y especialista en políticas de bienestar con perspectiva de género del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. La investigadora también forma parte de Mosaic Acción Social y de la Red de Acción e Investigación Social, con sede en Tenerife. “Hemos creado un espacio de diálogo con mujeres migrantes e indígenas que trabajan en el campo asistencial. Nos damos cuenta de la urgencia de unir esfuerzos y crear sinergias porque es muy grave lo que está pasando con el trabajo doméstico”, subraya.

“El cuidado está muy presente en el discurso político y mediático, sobre todo después de la pandemia, pero la realidad es que esta sociedad no cuida a quien lo necesita y no cuida ni dignifica el trabajo de quien cuida”, dice Oldano.

Canarias cuenta con importantes referentes que ya son fuertes en la Península. Entre ellas, la asociación Sedoac (Servicio Doméstico Activo), con sede en Madrid. La Sedoac fue creada para promover el empoderamiento de las trabajadoras del hogar y asistencia social a través de asistencia jurídica, laboral y psicológica. Su presidenta, Carolina Elías, reconoce que el asociacionismo fue el clavo ardiendo al que se agarró para no hundirse anímicamente. “La afiliación a la Sedoac ya la Red de Mujeres Latinoamericanas le impidió caer”, recuerda en entrevista con esta redacción.

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La razón principal por la que el trabajo doméstico es, en muchos casos, la única opción para las mujeres migrantes es la ley de extranjería. Los extranjeros tienen que esperar tres años para regularizar su estatus y durante este período no pueden firmar un contrato de trabajo. Mientras tanto, siguen teniendo que cuidar de sus familias en casa. Esto empuja a las mujeres a la economía sumergida y a tener que aceptar situaciones laborales precarias. En Canarias también es habitual que las mujeres caigan en redes de explotación sexual.

Los inmigrantes indocumentados están «atados de pies y manos». Si intentan denunciar alguna violación de derechos humanos, corren el riesgo de ser expulsados. El presidente de Sedoac ha encontrado varios casos que se ajustan a este patrón. “Sí, te recogen el informe, pero te abren un expediente de deportación. Esto te deja totalmente desprotegido, lo que te obliga a encerrarte en el trabajo para evitar que te deporten”, dice.

“La ley de inmigración es desastrosa. Sin documentos no hay contrato, sin contrato no hay documentos. Sin derechos fundamentales no hay dignidad posible”, concluye la pedagoga Natalia Oldano. “Si cambiamos esto y protegemos a las mujeres, acabaremos con la economía sumergida. El estado ganaría más a través de los impuestos y también nos beneficiaríamos de condiciones de trabajo justas y decentes. Todos ganarían”, propone.

Carolina Elías insiste en que el trabajo de cuidado es digno y profesional, porque “requiere que lo sepas todo”. “Es muy importante porque se cuida lo más importante de este país, las familias. Pero está tan infravalorado que nadie quiere trabajar”.

Un golpe a la autoestima

“Ya me soltaron”, dice Elías. Tiene un máster por la Universidad Complutense de Madrid y trabaja como consultor de investigación en el campo del trabajo doméstico. Sin embargo, destaca que las consecuencias en la salud física y mental de las trabajadoras no desaparecen de la noche a la mañana. “El sexismo, el racismo y el clasismo están tan presentes que atacan tu autoestima”, ejemplifica.

“Yo era abogado en mi país, pero aquí tenía que limpiar los baños. He tenido jefas menos educadas que yo, pero tenían el dinero. Estaba preparado para otra cosa, pero no podía seguir mi carrera aquí ni nada por el estilo. Ni siquiera tengo el reconocimiento de mi título”.

El confinamiento de las mujeres que trabajan en prácticas es «muy duro». “Especialmente por las situaciones de desprecio que sufres. Te hacen sentir tan infeliz…” “Agradece que te de trabajo” es una de las expresiones que más tuvo que escuchar Elías. Además de los riesgos para la salud física, el trabajo de cuidados en condiciones precarias representa una amenaza para la salud emocional y social. Algunas de las consecuencias son el estrés, el trastorno de ansiedad o la depresión. “Nos encontramos ante situaciones en las que las mujeres explican la falta de tiempo para su vida personal, para el autocuidado y situaciones de aislamiento y desarraigo”.

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Alexa comenzó a trabajar como pasante en Italia durante ocho meses. En Las Palmas de Gran Canaria, el primer trabajo que consiguió bajo este régimen fue en 2017 en el barrio de Schamann. Iba a alimentar a una anciana independiente. En Italia pidió 1.100 euros, pero en Canarias hizo el mismo trabajo por 700, a pesar de prestar servicios a una familia acomodada.

“Los familiares que no vivían allí me decían que cocinara lo que quisiera, que comiera lo que quisiera, como si estuviera en casa. Pero la mujer a la que cuidaba me revisaba la comida o cuántas veces iba al baño”, recuerda Alexa. “Me senté con ella a la hora del almuerzo y cuando me sirvió la comida que para mí era normal me dijo: ¿Te comes todo esto?”, explica. “Luego traté de moderarme un poco, pero en mis dos horas de descanso volví a casa a almorzar”, confiesa.

Durante los meses que trabajó en esa casa, no pudo dormir bien. “Tenía una habitación separada, pero tenía que quedarme despierto hasta las tres de la mañana porque la mujer no podía dormir.

“No me sentía como nadie”, resume. En algunas entrevistas de trabajo, las múltiples herramientas de comunicación de Alexa han sido una ventaja. En otros casos, una desventaja. “Hay gente que no te contrata para crear o pensar, sino para cuidarte”.

Por debajo de la línea de la pobreza

La investigadora Natalia Oldano señala que las condiciones laborales de las mujeres que trabajan en el cuidado son diferentes en cada comunidad autónoma. “Al ser un espacio interno, es muy difícil saber la realidad de lo que está pasando en esta zona. La investigación sirve para conocer la realidad de quienes la realizan y tomar medidas para mejorar estas condiciones”, propone.

Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 95,5% de las trabajadoras del hogar son mujeres. La mayoría son de América Latina (52%), seguidas de mujeres de Europa del Este, África y Asia. “Uno de cada cuatro vive en situación administrativa irregular. Sabemos que es una zona caracterizada por la informalidad en las contrataciones, por lo que podemos decir que hay mucha más gente trabajando en este sector”, dice Oldano.

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“La empresa española ha externalizado este trabajo imprescindible a bajo coste y en condiciones precarias porque es este trabajo de cuidados el que hace que la vida sea sostenible”, explica la investigadora Natalia Oldano. “Son, por tanto, trabajadoras del hogar que desarrollan funciones propias del Sistema para la autonomía y atención de las adicciones pero que éste no cubre, bien por limitaciones en su financiación, bien por problemas de planificación y ejecución”.

En los espacios creados en Tenerife, apunta Oldano, las trabajadoras del hogar expresan que viven por debajo del umbral de la pobreza: «No tienen derecho al paro, están en el Sistema Especial de Seguridad Social donde no cotizan por su salario real», señala. Además, no cuentan con inspecciones ni protección contra el acoso, el abuso y la violencia en el trabajo. «No siempre se respetan sus condiciones de trabajo en cuanto a horario, salario y descanso». En el caso de las mujeres que trabajan en prácticas, a menudo sufren descuentos salariales abusivos o trabajan a cambio de alojamiento y comida.

La oportunidad de unirse

Para el investigador, Canarias atraviesa un momento de oportunidad para “no volver a lo que ya sabemos”. “Es urgente destacar algunos de los bochornos de la organización social de los cuidados en España y las dinámicas que construyen cadenas globales de cuidados unidas por lazos de desigualdad y opresión”, subraya.

En España, “la lucha de las trabajadoras del hogar ha visibilizado los problemas existentes, organizándose desde la resistencia feminista para construir el sindicalismo social creando espacios de igualdad, redes de mujeres, movimientos colectivos y sinergias territoriales para dignificar el trabajo de cuidados”.

“Es una prioridad aprender de la lucha de las trabajadoras del hogar y del cuidado. Escucha sus incómodas historias que cuestionan privilegios, promueven el diálogo y el aprendizaje, y nos interpelan por la transformación política, social y comunitaria”, dice Oldano.

Por Jose Luis Pastor Gomez

Jose Luis Pastor Gómez es un famoso periodista español. Nació el 5 de mayo de 1966 en Madrid, España. Tras finalizar sus estudios en la Universidad Complutense de Madrid, comenzó su carrera profesional como periodista en 1988. Ha trabajado para varios periódicos y revistas como El País, El Mundo y ABC. Además, ha colaborado en diferentes programas de radio y televisión. Su trabajo ha sido reconocido con varios premios, como el Premio Rey de España al Mérito Periodístico (2001) y el Premio Nacional de Periodismo (2002). En la actualidad, José Luis Pastor Gómez es miembro de la junta directiva de la Asociación Española de Editores de Periódicos (AEDE) y de la Asociación Internacional.

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