En los primeros meses tras el golpe militar en Las Palmas, la palabra «rebelión» se pronunciaba al revés. En medio de un clima de represión y terror, un maestro y alcalde de un municipio aislado, Cecilio Segura Bautista, fue acusado de auxilio a la rebelión por un alzamiento militar que él no había dado. La acusación incluía dinamita, carretera y resistencia armada, pero la realidad era que los explosivos nunca llegaron a sus manos. La incomunicación geográfica de La Aldea de San Nicolás, en el extremo occidental de Gran Canaria, se convirtió en una losa de salvación para sus habitantes, protegiéndolos de la violencia letal desatada en otros municipios.
Cecilio Segura, un maestro comprometido con la educación de los hijos de los jornaleros, se vio envuelto en una acusación falsa que le costó catorce años de su vida. A pesar de no haber tenido participación en los hechos que se le imputaban, fue destituido de su cargo, condenado a prisión y expropiado de sus bienes. Su esposa falleció en la indigencia, dejando a sus hijos en una situación precaria.
A pesar de no haber sido fusilado, la vida de Cecilio Segura fue despedazada por la injusticia del régimen franquista. Pasó cinco años en prisión y fue rechazado en cada solicitud de rehabilitación como maestro, debido a los informes negativos de las autoridades y vecinos de derechas que lo acusaron en 1936. Su lucha por recuperar su dignidad y su oficio fue en vano, y en un acto desesperado intentó emigrar clandestinamente a Venezuela en 1948.
La historia de Cecilio Segura es un ejemplo de la represión burocrática y la injusticia que se vivió en aquellos años en España. A pesar de haber sido absuelto de las acusaciones falsas que pesaban en su contra, su vida quedó marcada por la arbitrariedad y la violencia de un régimen que buscaba silenciar a aquellos que se oponían a su ideología. Su memoria, rescatada del olvido por investigadores locales, es un recordatorio de los horrores de la guerra civil y la represión franquista que aún resuenan en la isla de Gran Canaria.
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